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Si la mitad de la población desapareciera ¿seria malo o bueno?
Pensaba esta mañana en qué posible interés tendría que una verdadera pandemia se llevara por delante en los próximos dos meses, pongamos por caso, a 3.3oo millones de personas, exactamente la mitad de la actual población del planeta. La intuición le lleva a uno a pensar que, bien mirado, semejante exterminio podría ser una bendición para el globo. Y en un primer borrador de este apunte he anotado: “No me importaría formar parte de ese holocausto si en ello se fundamentara el inicio de otra vida en la tierra, un lugar en el que ya no habría excusas para recomenzar otra vida posible, en donde fuera impensable la falta de trabajo, en donde prácticamente fuera injustificada la infelicidad o la desazón del ser humano por motivos materiales”. Pero a renglón seguido comenzaban las dudas: “Con la mitad de los habitantes del planeta podría nacer un nuevo mundo, ¿o quizá repetiríamos los mismos errores del pasado? ¿Estaríamos dispuestos a formar parte de esa pira multitudinaria a cambio de ver cómo los que se quedan son más felices?”. Y es que ahí está la clave. ¿Serviría de algo eso que tantas veces hemos pensado todos: que en este planeta sobramos muchos ―sí, usted y yo también― y que con la mitad de la gente los que vivieran iban a estar mucho mejor? Teóricamente, así debería de ser. Y, de hecho, creo que sería bueno para Europa y los países occidentales en general. Probablemente fuera una bendición para China o la India, naciones superpobladas en donde se hace especialmente difícil el reparto de la riqueza. Pero, ¿qué pasaría en África? ¿Qué ocurriría en general en los países subdesarrollados? No tengo tan claro que aquí los efectos de esa terrible pandemia tuvieran resultados especialmente favorables. Aún así, todo parece indicar que una escabechina como la mencionada vendría bien al planeta, sería quizá la forma natural más benéfica de ajustar lo que a todas luces estamos analizando como un fenómeno de superpoblación, clave, posteriormente, de una nefasta distribución de la riqueza. Pero de no enmendarse los errores pasados, quizá en no mucho tiempo volviéramos a tener los mismos problemas.
Ejercer la política-ficción viene bien de vez en cuando para asomarnos a pensamientos que, de otra manera, jamás se nos ocurrirían. Lo que resulta especialmente útil para reconducir luego las cosas y saber tomar decisiones acertadas en situaciones reales. Un ejercicio, en este caso, tan truculento como enriquecedor.




